miércoles, 23 de abril de 2014

UN TANGO ROMÁNTICO: Buscándote

Romántico, pero no sentimental ni, mucho menos, sensiblero. Es un tango que habla de la búsqueda trágica de un sueño (prácticamente) imposible, de un ideal (probablemente) inalcanzable.

BUSCÁNDOTE

Música y letra: Eduardo Scalise

Vagar
con el cansancio de mi eterno andar,
tristeza amarga de la soledad,
ansias enormes de llegar.

Sabrás
que por la vida fui buscándote,
que mis ensueños sin querer rompí
y en algún cruce los dejé.

Mi andar apresuré
con la esperanza de encontrarte a ti,
largos caminos hilvané,
leguas y leguas recorrí.

Después
que entre tus brazos pueda descansar,
si lo prefieres volveré a marchar
por mi camino de ayer.

Puede escucharse una versión del tango aquí:
Se trata de la interpretación de Ricardo Ruiz, con la orquesta de Osvaldo Fresedo, grabada hacia 1940.


COMENTARIO

El texto está concebido como un diálogo entre el poeta y una segunda persona. Teniendo en cuenta que el autor y el intérprete son hombres, lógicamente pensamos que esa persona es una mujer, aunque no tiene por qué serlo; en todo caso, se trataría de una desconocida, más aún, de una mujer cuya existencia no puede darse por segura. ¿Por qué no un ideal, un sueño? En ese caso, el diálogo sería en realidad un monólogo, una especie de balance vital que hace el poeta consigo mismo.

La primera estrofa refleja certeramente una manera trágica, muy romántica, de entender la vida: un eterno andar, un camino siempre abierto, que se recorre en solitario. El romanticismo, al exaltar al individuo sobre todas las cosas, nos mostró nuestra propia grandeza: nos hizo ver que nuestro destino no está escrito desde fuera, sino que lo escribimos nosotros mismos, que somos libres de elegir nuestro propio camino. Pero, por eso mismo, nos sentimos radicalmente solos: todo individuo está nítidamente separado de los demás, no se confunde con nadie; ni siquiera puede fundirse con otro individuo, salvo de manera provisional: gozosamente en el abrazo del amor, grotescamente en la alienación colectiva de las demostraciones de masas. Esa conciencia de la soledad puede (suele) producir una tristeza amarga y el continuo vagar de la vida cansa. De ahí las ansias de llegar. Pero ¿a dónde, si la vida es un camino abierto?

La segunda estrofa insiste en la misma idea, pero recurriendo a otra metáfora: la vida es una búsqueda, una exploración continua; recorremos caminos porque buscamos algo. Cuando somos jóvenes, esa búsqueda se orienta a un sueño, a un ideal, que se presenta poco claro, velado por el manto translúcido de la ensoñación, de la misma manera que en la mañana el paisaje aparece velado por la neblina. Pero ese manto de ensueños se va rasgando y haciendo jirones en los cruces de caminos, en esos momentos cruciales en los que nuestro ideal choca frontalmente con la realidad.

¿Qué ocurre entonces? La tercera estrofa nos dice que seguimos caminando, porque sigue viva la esperanza de llegar a la meta. Se ha roto el ensueño, pero no el ideal y para alcanzarlo se acelera el paso. Los dos primeros versos expresan esa dolorosa vivencia que trae consigo la madurez: cada vez queda menos tiempo. Lo bueno es que, al haberse roto el ensueño, todo ha quedado más claro y, por tanto, parece estar más al alcance de la mano, como el paisaje al mediodía, cuando la neblina matinal se ha disipado por completo.
 
En el comienzo de la última estrofa se sugiere que quizá se pueda llegar a la meta, alcanzar el ideal y descansar al fin; el uso del subjuntivo en el segundo verso indica que se trata de una mera posibilidad, de un deseo, pero que no hay seguridad plena de que eso ocurra. No obstante, el poeta ya ha descubierto que la realidad no tiene por qué coincidir con las propias proyecciones y conjetura que quizá, tras haber descansado, tenga que volver a ponerse en marcha, porque la vida es el camino.
 
Si interpretamos el texto como la búsqueda de una mujer (o un hombre) que nos salve de nuestra soledad, pero que no sabemos si en realidad existe, estamos trivializando el mensaje. No obstante, el poeta utiliza de forma clara y consciente la segunda persona: buscándote, encontrarte a ti, tus brazos. A un sueño, a un ideal no se le habla de tú. ¿Por qué esa personificación? Porque, en el fondo, el ideal que perseguimos a lo largo de toda la vida está en nosotros: queremos crecer y ser mejores, soñamos con ser nosotros mismos, buscamos la perfección. Pero todos estamos solos en ese anhelo y en esa búsqueda, porque nadie desde fuera nos puede decir cómo somos ni cómo debemos ser nosotros mismos. Por eso el poeta con quien habla en realidad es consigo mismo y de ahí la familiaridad del tuteo.

 

lunes, 21 de enero de 2013

CARTA A UNA MILONGUERA PRINCIPIANTE


Querida milonguera:

En la asociación de Amigos del Tango El Garage normalmente los principiantes se sienten bien acogidos. Son muchos los socios veteranos (hombres y mujeres) que los invitan a bailar y aceptan ser invitados por ellos. Se podría decir que es una cuestión de justicia: hacemos lo mismo que otros hicieron con nosotros, sin cuya ayuda no habríamos aprendido a bailar como lo hacemos ahora. Pero yo añadiría que se trata también de una cuestión de interés: a lo largo de mis años de bailarín he compartido muchas tandas con bailarinas principiantes y bastantes de ellas han sido experiencias poco gratas (algo escribí sobre esto en la entrada del 20 de mayo de 2011); pero muchas de esas principiantes son ahora excelentes bailarinas con las que coincido en las milongas y con las que bailo habitualmente, experimentando hermosas sensaciones (algunas las he contado en las entradas del 31 de julio de 2010, 15 de septiembre de 2010 y 10 de mayo de 2012).

Cuando apareciste por las milongas de la asociación tenías casi todos los defectos de las principiantes: abrazabas con distancia, ligeramente inclinada hacia atrás; tu brazo derecho, rígido, ponía en tensión mi brazo izquierdo, presionando tu mano sobre la mía hacia abajo y hacia atrás; retrocedías con paso muy corto, sin dejar espacio para caminar. Todo muy comprensible: no estamos acostumbrados a caminar hacia atrás (y eso es lo que os toca hacer a vosotras) ni a abrazarnos a personas que acabamos de conocer (“distancias y respetos” aconseja una máxima de la sabiduría popular). Pero, mal abrazado, el brazo tensionado y con poco espacio, no es fácil bailar ni llevar a la compañera de baile, porque no funcionan bien los engranajes de transmisión del movimiento; hay que esforzarse para hacerse entender y no siempre se consigue. Otro defecto de las bailarinas principiantes, que también tenías tú, es que cuando no entienden bien qué les está sugiriendo el compañero de baile se ponen muy nerviosas y empiezan a hacer movimientos improvisados o compulsivos, probablemente con la esperanza de acertar en uno de ellos, lo cual es imposible. Te notaba tanto nerviosismo y tanta tensión al bailar que pensé que no podrías soportarlo e ibas a dejarlo enseguida.

Pero ha pasado el tiempo y tu forma de bailar ha cambiado sensiblemente; se te nota más relajada y más segura de ti misma; también más receptiva. Ha mejorado tu técnica (la postura, la forma de moverte) y tus reflejos. Me alegro por mí, porque ahora bailar contigo es mucho más agradable. Pero sobre todo me alegro por ti: diría que ya has empezado a disfrutar con el tango y, además, apostaría a que te sientes mejor contigo misma; eso ayuda a vivir más feliz y a afrontar mejor los retos que la vida nos plantea. No lo dejes.

jueves, 10 de mayo de 2012

CARTA A UNA PRECIADA MILONGUERA QUE ME SIGUE BIEN

“¡Qué bien llevas!”, me dijiste.
Tal como vivo el tango, es el mayor elogio que se puede hacer a un milonguero. Siempre, desde que nos iniciamos en el tango, los profesores y los milongueros ya iniciados nos han dicho que es el hombre quien “lleva”, es decir, quien asume la iniciativa y propone los movimientos, mientras que la mujer responde a esa iniciativa, siguiendo lo que se le propone. Siempre he pensado que vuestro rol en el tango no es nada fácil: imagino que tenéis que poner mucha atención y tener mucha sensibilidad y buenos reflejos para responder a las propuestas de los hombres con los que bailáis, cada uno de los cuales tiene su propio estilo. Supongo que a una bailarina sensible la música que está escuchando le sugiere determinados movimientos, pero tiene que esperar la propuesta del hombre y responder a ella, interpretando con su cuerpo la música de una manera probablemente distinta a como ella la interpreta en su interior o la interpretaría si bailara sola o si fuera ella quien “llevara”. Aunque puede que esté suponiendo demasiado y esto no sea más que una proyección de mi manera de sentir, cuando en realidad las mujeres sentís de otra manera.
Interpreto lo que me dijiste como “¡Qué bien me siento cuando me llevas!” o “Me gusta dejarme llevar por ti”. Entiendo por ello que mis iniciativas coinciden con tus expectativas y que te resulta agradable y natural responder a mis propuestas.
Con esas tres palabras has hecho que me sienta un milonguero de primera: una mujer me dice que disfruta dejándose llevar por mí. ¿Qué cosa más halagadora podría uno escuchar? No se me ocurre mejor agradecimiento que esta carta y, por supuesto, “llevarte” en todas las milongas en que coincidamos.

sábado, 7 de abril de 2012

UN TANGO SOBRE EL ABANDONO COMO CASTIGO: Veinticuatro de Agosto

Ahora que en el hemisferio Norte se aproxima el tiempo de las cerezas, puedo afirmar que las letras que comento en el blog son como las cerezas de un cestillo: selecciono una, pero enredada con ella vienen otras. El tango ¡Victoria! mostraba a un hombre abandonado por su mujer, que vuelve a ser feliz recuperando la vida de soltero (véase la entrada del 9 de enero de 2011). Poco después me llamó la atención otro tango que venía a expresar justamente lo contrario: Veinticuatro de Agosto. Ésta es su letra:

VEINTICUATRO DE AGOSTO

Música: Pedro Laurenz
Letra: Homero Manzi

Veinticuatro de agosto... Ya hace un año
que no falto ni una noche del café
y que salgo después con los muchachos
a bailar, a tomar y a no sé qué...
Un año que no toco una herramienta,
y que hablo con la vieja cada mes,
que despierto en las horas de la siesta
y me acuesto con el pito de las seis.

Al lado de su amor era otra vida,
otra vida, más llena de ilusión:
placer de trabajar y estar cortado
del café, de la esquina, del salón.
Al lado de su amor era más lindo:
la camisa planchada al almidón,
el saco (1) cepillado en los domingos
y una rosa tapando el corazón.

Veinticuatro de agosto… y en un año
¡cómo cambia la existencia sin querer!
Sin ninguna razón alcé la mano
y después por culpable la lloré.
Mi vida no es la misma. Todo es triste,
es tan triste que no quiero ni pensar.
Hace un año, hace un año que te fuiste,
pero inútil, te recuerdo mucho más.

(1) Saco: Chaqueta, americana.

Puede escucharse una versión del tango en el siguiente enlace

En esa versión el tango está interpretado por Alberto Podestá, con la orquesta del propio autor de la música, Pedro Laurenz. La versión es de 1943 y no creo que sea muy posterior a la fecha de composición, que desconozco.


COMENTARIO

Me encanta la orquesta de Pedro Laurenz y Alberto Podestá es uno de mis cantantes preferidos; me gustó este tango cuando lo escuché por primera vez. Busqué la letra y me llevé la sorpresa de la estrofa final, que no aparece en la versión cantada y que le da otro sentido.

El tango comienza con la fecha que da título al tango: veinticuatro de agosto. Los aficionados a las efemérides podrán encontrar alguna correspondiente a ese día, pero no creo que el autor tuviera pretensiones historicistas; más simplemente, evoca el primer aniversario de algo que quedó grabado a fuego en el corazón del protagonista, un acontecimiento de su biografía personal que nos va desvelando poco a poco, en un crescendo dramático, que sólo consiguen los buenos poetas, como Homero Manzi. De entrada nos da una pista: es un día de invierno en el hemisferio austral, por lo que podemos intuir que se trata de algo que nos va a dejar helados o que nos va a hablar del frío del corazón.

En la primera estrofa el protagonista nos describe con cuatro trazos el tipo de vida que ha llevado el último año, es decir, desde que se produjo el acontecimiento: una vida disipada, por utilizar un término convencional; nada de trabajar, visitas esporádicas a la madre, bailar, beber, salir con los amigos, acostarse de madrugada y levantarse después del mediodía. Disipada, pero a la vez ordenada y metódica, porque no falta ni una noche del café y se acuesta y levanta a hora fija. Sólo hay una imprecisión calculada: ese no sé qué con que completa la relación de sus ocupaciones. Sí que lo sabe, pero naturalmente no nos lo quiere decir: dejar de trabajar y seguir gastando es imposible, de alguna parte ha de salir el dinero; seguramente de actividades más o menos delictivas (salvo que se lo pida a su madre y ése sea el motivo de sus visitas mensuales).

En la segunda estrofa el protagonista confiesa que le gustaba más la vida que llevaba antes, cuando tenía el amor de una mujer. Habla del placer de trabajar, en vez de frecuentar el café, el salón de baile o la esquina donde ahora se encuentra con los amigos. No es que el trabajo le resulte placentero en sí mismo (de ser así seguramente no lo habría dejado); más bien se trata de la ilusión de trabajar para ella, para compartir con ella una vida digna y disfrutar de esos detalles rutinarios que contribuyen a anudar una relación amorosa, detalles que resume en la camisa planchada y la chaqueta cepillada, con una flor en el ojal.

La tercera estrofa, ésa que Pedro Laurenz no quiso grabar, nos desvela por qué ese hombre ha perdido el amor de la mujer a la que con tanta ilusión dedicaba su trabajo y por qué ahora lleva una vida disipada que no le llena. “Sin ninguna razón alcé la mano”, confiesa, declarándose culpable, sin atenuantes. El castigo es que ella lo ha abandonado, dejándolo sumido en una profunda tristeza que todo lo invade.

En Malena Homero Manzi denuncia, como de pasada, el abandono de los niños de la calle (véase la entrada del 11 de agosto de 2010); en Veinticuatro de Agosto denuncia, de forma más directa, la violencia de género (o doméstica o machista; cualquiera de estas etiquetas convienen a este tango). Y al abordarla tiene el acierto de realzar lo que hay de más positivo en medio de la injusticia: por una parte, el arrepentimiento de él, que hay que apreciar; por otra parte, la intransigencia radical de ella (lo abandona de inmediato), que hay que aplaudir.

lunes, 17 de octubre de 2011

UN TANGO ALEMÁN: Die nacht von Saragossa

Un milonguero de la Asociación de Amigos del Tango El Garage de Zaragoza me puso en la pista de un tango que hace referencia a la ciudad en la que vivo. Fue compuesto y grabado en Alemania en 1933, cuando gobernaban los nazis.
En la década de los treinta del siglo pasado el tango argentino se había proyectado más allá de las orillas del Río de la Plata: en Hollywood se rodaban películas en las que el tango estaba presente, como “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, interpretada por Rodolfo Valentino, y en Europa, incluida Alemania, el tango hacía furor en los escenarios y en los salones de baile, tras la visita de músicos afamados como Francisco Canaro o el propio Carlos Gardel.
Die nacht von Saragossa (La noche de Zaragoza) es uno de los tangos alemanes que tuvieron éxito en aquellos desgraciados años y que cayeron en el olvido tras la derrota del nazismo en la segunda guerra mundial. He aquí su letra original en alemán y su traducción al español.


DIE NACHT VON SARAGOSSA

(1933)
Autores: Herman Frey y Karl Wilczynski

Die Nacht von Saragossa
hat dich und mich berauscht,
als wir versteckt von Rosen
zumersten mal den Kuss getauscht.
Ja, die Nacht von Saragossa,
die Nacht, ersehn’ich heiss zurück,
was ich erlebt in jenem Blütenmai,
warst du, du meines Lebens Glück.

LA NOCHE DE ZARAGOZA

Traducción: Daniel Hübner

La noche de Zaragoza
a ti y a mí nos ha embriagado cuando,
escondidos tras unas rosas,
nos besamos por primera vez.
Sí, la noche de Zaragoza,
la noche que con calor ansío que regrese,
lo que viví aquel mayo
fuiste tú, tú, la felicidad de mi vida.

Puede escucharse una versión instrumental del tango en el siguiente enlace:


COMENTARIO

El tango nos habla de la primera noche de amor de una pareja, una noche feliz de amor furtivo o discreto, que el protagonista desea intensamente repetir. El amor, del que se dice que embriaga, aparece asociado a las rosas y a la primavera. No resulta una letra brillante, sino muy convencional, incluso trivial.
Este tango no me ha llamado la atención precisamente por la calidad de su letra, sino porque hace referencia a Zaragoza. Pero no acabo de entenderlo, porque no hay ninguna alusión a los lugares ni a las gentes de la ciudad y porque la experiencia que se cuenta podría haberse vivido en cualquier lugar del mundo.
¿Por qué Zaragoza? ¿La conocía el autor y había tenido en ella una experiencia amorosa inolvidable? ¿Quizá tenía la ciudad algún significado especial para el público al que iba dirigido el tango? No tengo tiempo ni medios para realizar una investigación, pero, como me intriga, he hecho una búsqueda rápida, que no me ha permitido llegar a ningún resultado concluyente, sino a algo más intrigante aún. Le facilito al lector los dos enlaces que me han aportado alguna información al respecto.

1) Información sobre el tango: aquí

2) Información que puede estar relacionada con el origen del tango: aquí

domingo, 19 de junio de 2011

UN ILUSTRE LAMENTO DE CORNUDO: Mi noche triste

En el comentario a la letra del tango ¡Victoria! escribí que en las primeras décadas del siglo XX se compusieron muchos tangos cuyas letras muestran a hombres que se quejan de que las mujeres los han abandonado, tantos que se llegó a decir que el tango era un lamento de cornudos. Mi noche triste fue el primer tango cantado y lo estrenó el propio Carlos Gardel (7). Por ello podría afirmarse que es el lamento de cornudo con más pedigrí. Ésta es su letra:


MI NOCHE TRISTE

(1916)
Letra: Pascual Contursi
Música: Samuel Castriota

Percanta que me amuraste (1) y (2)
en lo mejor de mi vida,
dejándome el alma herida
y espina en el corazón,
sabiendo que te quería,
que vos eras mi alegría
y mi sueño abrasador;
para mí ya no hay consuelo
y por eso me encurdelo
pa’ olvidarme de tu amor.

Cuando voy a mi cotorro (3)
y lo veo desarreglado,
todo triste, abandonado,
me dan ganas de llorar
y me paso largo rato
campaneando tu retrato (4)
pa’ poderme consolar.

De noche, cuando me acuesto,
no puedo cerrar la puerta,
porque dejándola abierta
me hago ilusión que volvés.
Siempre traigo bizcochitos
pa’ tomar con matecito
como cuando estabas vos...
y si vieras la catrera (5)
cómo se pone cabrera (6)
cuando no nos ve a los dos.

Ya no hay en el bulín (3)
aquellos lindos frasquitos
adornados con moñitos,
todos del mismo color;
y el espejo está empañado,
si parece que ha llorado
por la ausencia de tu amor.

La guitarra en el ropero
todavía está colgada;
nadie en ella canta nada
ni hace sus cuerdas vibrar...
Y la lámpara del cuarto
también tu ausencia ha sentido
porque su luz no ha querido
mi noche triste alumbrar.

(1) Percanta: mujer y, en otra acepción, amante o querida (Diccionario de lunfardo, de Adolfo Enrique Rodríguez, DL)
(2) Amurar: en el contexto de este tango significa abandonar (DL)
(3) Cotorro y bulín: son términos sinónimos y significan habitación de soltero o habitación para citas amorosas (DL)
(4) Campanear: atisbar o mirar (DL)
(5) Catrera: Cama (DL)
(6) Cabrera: enfadada, enojada (DL)

Puede escucharse una versión del tango en el siguiente enlace


COMENTARIO

Pascual Contursi está considerado como el pionero de los poetas del tango. En la segunda década del siglo XX puso letra a algunas composiciones musicales, cuya fama se ha mantenido a lo largo de casi un siglo, como el tango Lita, de Samuel Castriota, que desde entonces pasó a denominarse Mi noche triste, o La cumparsita, de Gerardo Matos, entre otros. Antes de esos años existían tangos con letra, pero eran muy ligeras, de tema picaresco y lenguaje muy vulgar. Contursi tuvo el mérito de llevar al tango textos de temática universal, envueltos en un lenguaje formalmente poético, aunque sin dejar de ser popular; de hecho recurrió de forma habitual al lunfardo, como en el tango que ahora se comenta.

El poema está concebido como un diálogo con la amada que se ha ido: el protagonista habla en primera persona y, utilizando la segunda, le cuenta a ella lo que siente, que no es indignación o despecho, ni siquiera reproche, sino tristeza, como refleja el propio título del tango.
En los primeros versos el protagonista expresa claramente su lamento: ella lo ha abandonado, aun sabiendo que él la quería; como la amada era su alegría y su pasión (“sueño abrasador”), él se ha quedado desconsolado e inconsolable, con el alma herida, como si le hubieran clavado una espina en el pecho. El desconsuelo le hace darse a la bebida, para intentar olvidar, pero el recurso no funciona; cuando vuelve a casa le dan ganas de llorar y busca consuelo contemplando el retrato de ella.
Su tristeza se proyecta sobre la casa y lo que ella contiene: el piso (“cotorro”) está triste, la cama se enfada cuando lo ve a él solo, el espejo llora y la lámpara no alumbra porque sienten la ausencia de ella. La guitarra, que en otro tiempo él tocaba para ella (¿O ella para él? ¿O recíprocamente?), se ha quedado muda, colgada en el armario, como un reo ajusticiado.

Pero, sumido en el desconsuelo y la tristeza, el protagonista desea que ella vuelva, incluso conserva la esperanza de que lo haga. Nos lo muestra con un detalle enternecedor: siempre trae a casa bizcochos, para tomar con mate, perpetuando así una de esas rutinas triviales que tejen la red del cariño y la complicidad entre los amantes.
En el mismo sentido, hay otro detalle más que enternecedor: de noche deja la puerta abierta, para que ella, si decide volver, pueda entrar libremente. Vencer la inseguridad de dormir con la puerta abierta refleja la intensidad del deseo de que ella vuelva, pero además es un detalle de enorme delicadeza y a la vez tremendamente práctico. Imaginemos que ella (¿arrepentida?) decide volver y se encuentra la puerta cerrada; podemos suponer que por enésima vez le asalte la duda de si hace bien o no en volver, con el consiguiente riesgo de que decida dar media vuelta antes de llamar. Si finalmente se decide a llamar, empieza para ella una angustiosa espera, aunque sea de unos segundos, en la que le asalta el temor de que él no abra la puerta o de que, abriéndola, la rechace. Si ella encuentra la puerta abierta lo interpretará como una señal de bienvenida y, libre de angustia, se decidirá a entrar, que es lo que él quiere.

Es interesante contrastar esta letra con la de Ninguna, de Homero Manzi, escrita 26 años después (8). El tema de los dos es muy similar (un hombre abandonado expresa su tristeza, proyectándola en los objetos de la casa), pero la riqueza poética y la belleza del lenguaje de Ninguna pertenecen a otra dimensión. Pascual Contursi no tiene la talla poética de Homero Manzi, ni de lejos, pero le cabe la gloria de haber sido el pionero del tango canción y de habernos dejado algunos bellos ejemplos, como Mi noche triste.


(7) Horacio Ferrer: El siglo de oro del tango. Compendio ilustrado de su historia. Buenos Aires, Manrique Zago, 1998, página 78.
(8) Véase la entrada de este blog del 29 de junio de 2010

viernes, 20 de mayo de 2011

CARTA A UNA MILONGUERA PROVOCADORA

Querida milonguera:
Tienes algo de provocadora: con frecuencia he notado que cuando paso bailando a tu lado y cuando empieza una tanda me miras de frente, sosteniendo la mirada, como diciendo: “invítame a bailar”.
Bailando eres un desastre: tu abrazo llega a ser asfixiante, no alargas las piernas al caminar, no terminas de encontrar tu eje, te adelantas, en vez de esperarme, no me das la mano, sino que te apoyas en ella, buscando en mí un soporte que no debería hacerte falta. Por ello me dejas poco espacio para moverme, me cargas con un peso que no me corresponde y me siento incómodo, en equilibrio inestable.
Acepté tu provocación la primera vez y luego, ya conociendo tu forma de bailar, he reincidido unas cuantas más. Siempre me he arrepentido en el primer tango. Pero el arrepentimiento hay que tragárselo y terminar la tanda; dejar plantada a una mujer en la pista es una descortesía que ninguna me puede echar en cara.
En una ocasión, en mitad de la tanda, cuando ya había vuelto a arrepentirme de bailar contigo, un impulso me hizo reaccionar de una forma diferente: en vez de proponer el movimiento con suavidad, te abracé con fuerza y me puse a mandar con energía, incluso con cierta rabia, como si te estuviera diciendo: “ahora caminamos al ritmo que yo digo y tú me sigues sin rechistar; ahora haces un ocho porque yo lo mando; ahora te estás quieta hasta que yo diga que continuamos”. Y, sorprendentemente para mí, es eso lo que empezaste a hacer, seguirme dócilmente. El resultado es que la segunda parte de la tanda fue mucho mejor que la primera, al menos para mí, aunque sospecho que también para ti.
No soy ese tipo de hombre mandón, que quiere decidir siempre y ser obedecido sin objeciones. Pero reconozco que me sentí muy bien interpretando ese papel en ese momento. El tango -¿como la vida misma?- a veces nos pone en situaciones que nos permiten jugar roles distintos de los que habitualmente desempeñamos y, gracias a ello, nos da la oportunidad de experimentamos de otra manera.
Te agradezco que provocaras esa oportunidad, aunque fuera involuntariamente.
Y te seguiré invitando a bailar, pero espero sinceramente que mejore tu estilo.